La inversión extranjera

Se puede distinguir entre tres grandes tipos de inversión en el resto del mundo, centrándonos en nuestro caso en el segundo de ellos que es la inversión directa en el extranjero:




- Inversión en inmuebles.

- Inversión directa en el extranjero (IDE): la aportación de capital supera el 10% del valor de acciones y se supone que esa aportación se orienta al control de la empresa y que va a permitir al capital extranjero implicarse en su gestión de forma continuada.

- Inversión en cartera.



La internacionalización de los mercados y de las actividades productivas es consecuente al desarrollo del capitalismo: proceso que multiplica y da cada vez más densidad a las relaciones económicas internacionales, afectando al comercio, a las inversiones y a las actividades tecnológicas.

Dicho análisis debe enmarcarse en el contexto de las tres grandes etapas por las que, históricamente, ha atravesado la inversión internacional. En la primera, que se inicio a mediados del siglo XIX y extendió hasta la Segunda Guerra Mundial, la internacionalización fue fruto de la expansión de las economías que, de forma adelantada, habían completado la revolución industrial. En este periodo, la inversión directa extranjera se concentró en las actividades relacionadas con la explotación de recursos naturales (agricultura y minería), de construcción y explotación de infraestructuras (transporte ferroviario, primero, y telefonía, más adelante) y de prestación de servicios públicos urbanos (abastecimiento de agua, gas y electricidad).

La segunda etapa comprende los años cincuenta y sesenta del siglo XX, un período en el que se ampliaron los intercambios comerciales, la transferencia internacional de tecnología y las inversiones directas en el exterior. Estas adoptaron un carácter predominantemente industrial, de modo que las actividades manufactureras de mayor contenido tecnológico se convirtieron en el escenario preferente de la expansión de las empresas multinacionales. Y, a su vez, se tornaron en el eje vertebrador de la internacionalización debido a la relevante participación de esas empresas en los intercambios comerciales.

La crisis de mediados del decenio de 1970 supuso una profunda remodelación de todos esos elementos, dando lugar a cambios cuantitativos y cualitativos que delimitaron una nueva etapa, la tercera, en el proceso de internacionalización de las inversiones. Por lo pronto, en una marco de creciente apertura exterior de las economías y de liberalización progresiva de los movimientos internacionales de capital, las inversiones directas registraron una notable expansión, en especial durante la década de 1980, orientándose, en mayor medida aún que en el pasado, hacia los países más industrializados, con la marginación de las naciones en desarrollo (entre éstas, a su vez, sólo unas pocas, principalmente las localizadas en el área asiática). Hay que advertir, no obstante, que en los primeros años noventa los países en desarrollo han incrementado su participación en las corrientes mundiales de inversión, lo que podría sugerir tal vez el nacimiento de una nueva etapa en el proceso de internacionalización del capital.

Desde una perspectiva cualitativa, otro cambio reseñable es el que se refiere al incremento de la inversión directa destinada a las actividades de servicios. En la explicación de este fenómeno es preciso considerar tanto las modificaciones experimentadas en la estructura productiva como los procesos de desregulación. En efecto, por lo que a las primeras se refiere, cabe reseñar la incidencia de la difusión de las tecnologías de la información sobre la configuración de los sistemas de producción y, en general, sobre la organización de la sociedad, que implicaron una demanda creciente de servicios, abriéndose así nuevas oportunidades para la inversión internacional. Estas, por otra parte, se han multiplicado como consecuencia de las políticas de liberalización del sector, centradas, de forma especial, en los servicios comerciales y financieros, las telecomunicaciones o el transporte.



• EVOLUCIÓN DE LA INVERSIÓN DIRECTA EXTRANJERA EN ESPAÑA



En España, la industrialización ha estado estrechamente vinculada a la recepción de inversiones extranjeras. El modelo que acabamos de ver con anterioridad también se cumple para España.

Desde finales del siglo XIX hasta principios del siglo XX, la inversión extranjera en España esta orientada a los servicios urbanos como distribución de agua y gas. Desde principios del siglo XX hasta 1959 hubo un retraimiento de la inversión extranjera en España, todo ello en línea directa con la política económica que se venía aplicando en ese tiempo. Desde 1959, cuando comienza la tercera etapa, la regulación sobre inversiones extranjeras cambia de nuevo de sentido, facilitando la recepción de capitales de procedencia exterior y la inserción del país en la economía internacional. Desde entonces, ese proceso se ha mantenido hasta culminar con la integración en la Unión Europea, en cuyo marco se ha establecido la libertad de movimiento de capitales. Cuatro son, a su vez, las etapas por las que, desde 1960, ha atravesado la entrada de capitales:



1) La primera se extiende hasta el comienzo de la década de 1970 y registra un crecimiento sostenido de la inversión directa. Con un claro protagonismo del capital norteamericano la inversión fue tomando posiciones muy importantes en los sectores industriales sobre los que gravitaba el desarrollo económico.



2) Coincidiendo con los primeros años de la crisis económica internacional, en un marco de incertidumbre política interna, provocada por el proceso de transición a la democracia, se abre, en 1973, una etapa de retroceso en los flujos de inversión que da lugar a una caída de su cuantía real hasta 1977.



3) A partir de este último año, y hasta mediar el decenio de 1980, se retoma la senda del crecimiento en la recepción de capitales extranjeros, a pesar de que la economía española se encontraba todavía en una fase depresiva. En este período la inversión directa cambia de orientación sectorial, dirigiéndose de manera creciente hacia los servicios.



4) La cuarta etapa, sin duda la más expansiva, comprende el período que arranca de 1985. Hasta 1990 la inversión directa se multiplica por cinco en términos reales, si bien en los años siguientes se produce una tendencia al retroceso. En el año 1994 hubo una mejora de la inversión extranjera.



Con relación a esta última etapa, se ha atribuido el aumento de la inversión directa en España al proceso de su integración en la Unión Europea, dada la coincidencia temporal de ambos fenómenos. Sin embargo, una correcta valoración de esa trayectoria debe tener en cuenta que, en el conjunto del mundo, la inversión alcanzó un crecimiento muy superior al de otras variables expresivas de las relaciones económicas internacionales.

En el momento actual España está recibiendo un 7% de la inversión directa extranjera. La evolución de la inversión tiene su fundamento en la existencia, dentro de la economía española, de importantes factores de atracción del capital extranjero. La apertura externa, coronada por la incorporación de España a la Comunidad Europea, ha favorecido los flujos de inversión. En cuanto al papel que desempeñan los costes de producción internos, en especial los laborales, existe más controversia, pues los análisis cuantitativos no han encontrado una asociación lineal significativa en los flujos de inversión y esa variable. A este respecto, los estudios microeconómicos apuntan la tesis de que el factor de atracción radica en la existencia de una relación favorable entre los costes de la mano de obra y su nivel de productividad.



• INCIDENCIA GLOBAL DE LA INVERSIÓN DIRECTA EXTRANJERA SOBRE LA ECONOMÍA ESPAÑOLA



La inversión de capital extranjero ejerce una influencia relevante sobre la economía que lo recibe. Esa influencia se expresa tanto en el plano macroeconómico como en el microeconómico, dependiendo de la actividad y las estrategias que desarrollan las empresas controladas por él.

Desde la perspectiva macroeconómica, ha sido habitual destacar tres efectos favorables de la inversión extranjera, al considerar, por una parte, su dimensión complementaria del ahorro y la inversión nacional; por otra, la incidencia de aquélla sobre el equilibrio de la balanza de pagos y, en tercer lugar, su contribución a la difusión de las tecnologías y de las pautas organizativas más avanzadas.

La importancia del primero de ellos fue subrayada en el marco de las teorías del desarrollo, elaboradas en los años cincuenta en las que abundaba en la idea de que una de las causas principales del atraso económico se encuentra en la insuficiencia del ahorro y la inversión internos, que, al limitar el crecimiento de la actividad productiva, impide la generación de los recursos necesarios para superar la situación de partida. Este “círculo vicioso” se podría romper con la aportación de capitales desde el exterior. Tiene gran interés evaluar la entidad de la inversión directa con respecto a la inversión nacional. Al comenzar el decenio de 1970, esa inversión representaba aproximadamente el 2 por 100 de la formación bruta de capital, y, dos décadas más tarde, había ascendido hasta el 9 por 100.

En lo referente al segundo efecto, se deduce que también el efecto sobre el equilibrio de la balanza de pagos española es positivo. Con todo, hay que tener presente que este efecto positivo sobre la cuenta de capital de la balanza de pagos se ve disminuido o contrarrestado parcialmente por el impacto en sentido contrario de la inversión extranjera sobre las balanzas de mercancías y de servicios, porque las empresas con capital extranjero en España estimulan más la importación que la exportación. Sobre la balanza de servicios, porque es en ella donde se contabilizan los pagos por rentas por el capital exterior recibido, así como los pagos por adquisición de tecnología en el mercado internacional

La evaluación del tercero de los argumentos antes señalados es mucho más compleja. A este respecto, existe un consenso general entre los analistas acerca de que la aportación de tecnología por parte de las empresas de capital extranjero, ha sido positiva y ha desempeñado un papel de primera magnitud en el desarrollo y modernización de la economía española.

Los efectos macroeconómicos de la inversión directa guardan una estrecha relación con los comportamientos de las filiales de multinacionales que operan en España. A grandes rasgos, se puede decir que las multinacionales instaladas en España tienen unos comportamientos similares a las empresas españolas pero también muestran algunas características diferentes como:

- son más intensivos en capital, es decir, están más capitalizadas.

- las empresas multinacionales utilizan más mano de obra cualificada

Por estas razones, las filiales de multinacionales obtienen unos resultados superiores a los de las empresas de mismo tamaño que éstas, pero constituidas con capital nacional, en lo referente al logro de posiciones de dominio del mercado (lo que se refleja en su mayor cuota de ventas) y a la obtención de altos niveles de productividad. Sin embargo, esas ventajas de las empresas multinacionales no se traducen en mayores beneficios pues también soportan unos costes salariales más elevados.