Análisis comparativo de las estructuras económicas española y comunitaria

En esta pregunta vamos a comparar la estructura económica real de España con las del resto de países de la Unión Europea. Debido a la pérdida de autonomía que supone la inclusión en la CEE, se trata de conseguir una estructura económica homogénea de los estados miembros, es decir, que se parezcan lo más posible.




Producción y renta:



La ralentización de la actividad económica española con la que se inicia el decenio de 1990 significó el fin de una etapa de intenso crecimiento registrada en la segunda mitad de la década anterior, cuando la integración en la Unión Europea fue acompañada por unas elevadas tasas de crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB), más relevantes si se las compara con las del periodo precedente, de crisis profunda, en la que estuvo inmersa la economía española (cuadro 1, página 528).

En términos absolutos, el PIB español se situaba en 1996 en la quinta posición entre los países de la Unión Europea, sobre cuyo total representaba un 6,9 por 100. Lo cual significaba que España se configura como un país de tamaño económico medio, siendo su producción algo superior a la media comunitaria por país.

La evolución de las tasas de crecimiento del PIB fue más favorable que para la media de los países comunitarios durante el periodo 1981-90 (3,0 frente a 2,4 por 100). Tan sólo ofrecen mejores resultados Irlanda y Luxemburgo, y siendo dicha tasa mucho similar a la de Finlandia y Portugal. Algo característico de nuestra economía es que crece más que el resto de las economías europeas en épocas de recesión, mientras que crece menos que el resto en periodos de expansión. Fuera de Europa, Japón, con un 4,1 por 100, mantuvo su posición en las cotas de crecimiento que han caracterizado el comportamiento de su economía, mientras que a Estados Unidos, con un 2,7 por 100, le resultaba difícil acelerar un ritmo de actividad ya bastante aceptable para una economía de su tamaño. En cualquier caso, desde la perspectiva española, el resultado más evidente de la fuerte expansión económica, concentrada básicamente en la segunda mitad de los años ochenta, hay que evaluarlo en términos del avance de España respecto a la media comunitaria.

El periodo de crisis económica y posterior ajuste, que abarcó en España el decenio 1975-1985, tuvo como consecuencia que el PIB por habitante, como porcentaje del comunitario, se redujera del 79,2 en 1975 hasta el 70,4 por 100 en 1985. Desde entonces, en el primer sexenio que transcurre desde la integración, 1986-91, se vuelve a perder datos, pero en el periodo 1995-96, tuvo lugar una clara recuperación de dicho porcentaje, hasta situarse en el 76,7. ¿Esos puntos que se ganaron, se pueden atribuir a la integración en la UE?. No hay razones para atribuirlo. Si se sabe que en períodos de expansión se produce una convergencia, mientras que en períodos de recesión se produce una divergencia. Para que podamos afirmarlo será necesario que aunque habiendo recesión siga habiendo crecimiento.



Precios y costes salariales:



En términos comparados, la evolución de los precios en los distintos países comunitarios, durante el decenio 1981-90, muestra comportamientos muy heterogéneos (cuadro 2, página 529). La variación porcentual anual media de los precios al consumo en el citado periodo fue, para el conjunto de la UE, del 6,5. Salvo Alemania y Holanda, que mantuvieron una estricta disciplina de sus precios, casi todos los demás países socios superaron este valor medio, aunque se debe considerar el efecto distorsionador que pueden representar valores altos de inflación media de países como Portugal (17,1 por 100) y España (9,3 por 100), cuya pertenencia a la Unión Europea se hizo efectiva a partir de 1986. Entre los países que protagonizaron la última ampliación, en 1995, únicamente Austria mantuvo tasas de inflación relativamente controladas (3,6 por 100) a lo largo del pasado decenio.

Conviene destacar, asimismo, la convergencia lograda en el comportamiento de los precios en el ámbito de los países socios. Tal vez con la única excepción de Grecia, que seguía manteniendo tasas muy elevadas a la altura de 1996, los restantes miembros de la Unión han aproximado sus respectivas tasas de inflación, no superando ninguno de ellos el 3,5 por 100 en la estimación disponible para 1996. La media comunitaria refleja con claridad este descenso, situándose en el 2,2 por 100 en ese mismo año. En el caso de España hemos reducido nuestras tasas pero seguimos estando por encima.

Para el conjunto de la economía española, la remuneración por empleado, medida en términos reales y como variación porcentual sobre el año anterior, ha mostrado un crecimiento moderado (0,6 por 100) a lo largo del decenio 1981-90, en ese mismo decenio la de la UE era 0,9 consecuencia del lento incremento de la productividad. Tras el aumento experimentado en 1993 (2,6), muy por encima de la media comunitaria (0,6), las medidas de contención salarial han situado las tasas de variación real en valores negativos (-2,3 por 100 en 1995), con estimaciones próximas a cero en 1996. La media comunitaria par estos dos últimos años se ha mantenido en torno al 0,5 por 100. En el año 1996, el crecimiento real de los asalariados en la UE fue del 0,7.



Comercio exterior y balanza por cuenta corriente:



Desde su integración en la Unión Europea, España ha ganado grados de apertura exterior partiendo de niveles comparados reducidos (cuadro 3, página 531). Si, en 1986, para el conjunto de la Comunidad, la suma del valor de las importaciones y de las exportaciones de bienes y servicios se situaba, por término medio, ligeramente por encima del 50 por 100 del PIB, ese indicador estaba bastante por debajo del 40 por 100 en la economía española (37,6 por 100). Los registros de 1996 muestran el acercamiento a la media comunitaria de España: 57,5 y 48 por 100, respectivamente. Y téngase siempre presente que la Unión mantiene, como bloque, una posición muy avanzada con relación a la apertura exterior de Estados Unidos y a Japón.

Por el tamaño y configuración del mercado europeo, el comercio exterior intracomunitario alcanza niveles muy elevados, aproximadamente el 28 por 100 del PIB de la Unión Europea, mientras que el extracomunitario es del 17 por 100, ambas cifras tanto en 1986 como en 1995. La información numérica refleja situaciones particulares muy diferentes. Mientras que Bélgica y Holanda, por su condición de países pequeños y por su especial situación geográfica, registran niveles muy altos (Bélgica: 83,8% –comercio intracomunitario- y 28,3% –comercio extracomunitario-, Holanda: 57,1 % –comercio intracomunitario- y 27,4% –comercio extracomunitario-), al igual que Irlanda que, dada su estrecha relación de dependencia con el Reino Unido, llega al 74,1 por 100 en el comercio intracomunitario y 39,1 por 100 en el comercio extracomunitario. En el extremo opuesto se sitúan países como España (25,1 por 100) y Grecia (19,8 por 100), con grados de integración comercial de menor significación. En el caso español, sin embargo, vuelve a destacar la ganancia de posiciones, entre 1986 (15 por 100) y 1995, respecto de los valores medios comunitarios, partiendo de niveles comparativamente reducidos. Sin embargo, el comercio extracomunitario aumenta simbólicamente en España, pasa del 11,5 al 11,6 por 100.

La adhesión de España a la Unión ha venido acompañada por el inicio de una fase de deterioro creciente del saldo de los intercambios con el resto del mundo. En concreto, durante el período 1986-89 el aumento del déficit exterior (3,6%) tuvo su origen en el crecimiento espectacular de la demanda interna, alentado por las buenas expectativas económicas y por la necesidad de acometer cuantiosas inversiones y obras de infraestructura. Si tal evolución era menos preocupante cuando resultaba fácil encontrar financiación exterior con vencimiento adecuado, la ralentización de la actividad económica a partir de 1990 supuso un progresivo agravamiento de las cuentas exteriores, alcanzándose un déficit por cuenta corriente del 3,8 por 100 del PIB en 1992, a la cabeza entonces de los países comunitarios con mayores saldos deficitarios. Hay que señalar, en cualquier caso, que desde 1993 la posición española ha mejorado de forma relevante, pasando a tener, según las estimaciones para 1996, un ligero superávit (en torno al 0,6 por 100).

Si durante el periodo 1978-89, países como Grecia (3,1), Reino Unido (2,9) o Dinamarca (1,7) tuvieron porcentajes de déficit más elevados –el de España para el mismo período fue del 1,2-, a partir de 1990 ya no es sólo el gap entre la demanda interna y crecimiento de la producción, sino también la pérdida de competitividad de los bienes y servicios españoles la causa del agravamiento de este desequilibrio. La continua apreciación de la peseta y la evolución de los costes de producción y de los precios de los sectores protegidos de la competencia internacional han supuesto la pérdida de competitividad de la economía española y explican la caída del porcentaje que representan las exportaciones sobre el PIB. Las sucesivas devaluaciones que se producen a partir de 1992, así como el proceso posterior de depreciación de la peseta, están detrás de la mejora sustancial de las operaciones corrientes de la economía española.





Población y mercado de trabajo:



Desde el punto de vista demográfico, España ha conocido en los últimos quinquenios una fuerte desaceleración del crecimiento de la población, así como un progresivo envejecimiento. El brusco descenso de la tasa de natalidad, la estabilidad de la de mortalidad en niveles muy bajos y el aumento de la esperanza de vida al nacer dan aquellos resultados.

La conjunción de todas las tendencias antes dichas supone que las previsiones demográficas apunten a que la población en edad de trabajar (la comprendida entre los 16 y 64 años según las estadísticas internacionales) siga creciendo, aunque de forma desacelerada, hasta 1998, para disminuir a partir de esta fecha. La población en edad de trabajar se puede dividir en dos grupos:

- La población activa: esta compuesta por aquellas personas entre 16 y 64 años que trabajan o buscan activamente empleo. La población activa, a su vez, va a estar compuesta por: población ocupada y por población desempleada que busca activamente trabajo pero que no lo encuentra.

- La población inactiva: esta compuesta por aquellas personas que o no quieren o no pueden trabajar por disminuciones físicas. Ejemplo: estudiantes de universidad, personas haciendo la mili...

La oferta de mano de obra se identifica con la población activa, mientras que la demanda de mano de obra la podemos relacionar con la población ocupada.



PA = PO + PD => PD = PA – PO = OL – DL



• TASA DE ACTIVIDAD DE UN PAÍS



ta = PA / PT ó PET



Hay que decir que cuando hagamos comparaciones entre distintas tasas de actividad habrá que especificar lo que utilizamos (PT ó PET). La tasa de actividad va a ser mayor si se utiliza la población en edad de trabajar (PET) ya que el denominador va a ser menor que si se utiliza la población total (PT) y, por lo tanto, la tasa de actividad será mayor.

Si despejamos del numerador la PA tendremos PA (OL) = ta • PET. La población activa, o lo que es lo mismo la oferta de la mano de obra, va a depender de la tasa de actividad y de la población en edad de trabajar. Pero, al igual que la demanda de mano de obra, va a depender de otros muchos factores.

• TASA DE DESEMPLEO



t = Población desocupada (PD) / Población activa (PA)



¿De qué depende la población en edad de trabajar?



La PET depende de la natalidad, la mortalidad y del factor demográfico. En España entre los años 50-80 hubo un importante boom demográfico que se va a traducir en un aumento de la PET 16 años más tarde. Si aumenta la PET implica que aumenta la oferta de mano de obra, pero para ello tendría que no disminuir la tasa de actividad o mantenerse igual y, así el incremento del PET se va a traducir en un aumento de la población activa o lo que es lo mismo de la oferta de la mano de obra. Si también aumenta la tasa de actividad va a aumentar mucho más la población activa u oferta de mano de obra. Pero si disminuye la tasa de actividad mucho puede contrarrestar el incremento de la PET de manera que no aumente la oferta de mano de obra e incluso puede ocurrir que disminuya.



ta PET OL

-













¿Cómo sin cambiar la PET puede aumentar la oferta de mano de obra?



Depende en este caso solo de la tasa de actividad. Si disminuye la tasa de actividad entonces caerá la oferta de mano de obra, pero si aumenta la tasa de actividad aumentará la oferta de mano de obra.

Debido al envejecimiento de la población se espera que a finales de este siglo se produzca una caída de la población en edad de trabajar. ¿Qué cabe esperar a principios del siguiente milenio sobre la oferta de la mano de obra?. Si la tasa de actividad disminuye, al disminuir como hemos dicho anteriormente la PET, disminuirá la oferta de la mano de obra. Pero si aumenta la tasa de actividad habría que medir si el impacto neto de este aumento contrarresta la caída de la PET que se supone que va a haber.











• DISTINTOS TRAMOS DE LA POBLACIÓN DURANTE LOS ÚLTIMOS DIEZ AÑOS



1) Tramo de población más joven: en este tramo de población durante estos diez últimos años ha habido una disminución de la natalidad (PA = PET • ta) y un aumento de la escolarización (PA = PET• ta). Al caer tanto la PET como la tasa de actividad en estos últimos diez años hubo una caída de la población activa en el tramo más joven.

2) Tramo de población entre 55 – 65 años: hubo un aumento de las jubilaciones anticipadas (PA = PET • ta). Por lo tanto también cayo la población activa en este tramo durante los últimos diez años.

3) Tramo de mediana edad: comienzan a entrar al mundo del trabajo gente del llamado “boom demográfico” de nacimientos de 16 años atrás. Esto ocurrió en la segunda mitad de los años 80 y supuso un aumento de la tasa de actividad y también hay que incluir la mayor participación de la mujer en el trabajo. Por lo tanto, hubo un aumento de la población activa en estos diez últimos años.

El aumento fue muy importante porque los dos primeros tramos cayeron mientras que el aumento del tercer tramo supuso un gran aumento en la población activa.



• COMPARACIÓN CON LA UNIÓN EUROPEA



En cuanto a la evolución de las tasas de paro, el comportamiento diferencial de la economía española resulta evidente (cuadro 4, página 533). Los niveles de desempleo durante los años de mayor crecimiento económico se mantuvieron muy elevados, con porcentajes que duplicaban la media comunitaria (en España era del 18 por 100 mientras que en la Unión Europea era del 9 por 100). Y luego, ya en el decenio de 1990, cuando al compás de las fases de desaceleración y de recesión del ciclo económico vuelve a crecer el número de parados, la tasa de paro de nuevo superará –como en los momentos de peor registro de la década precedente- el umbral del 20 por 100, situándose en 1994 por encima del 23 por 100, también algo más del doble del valor correspondiente a la media de la Unión Europea. La rigidez a la baja de tasas tan elevadas ha vuelto a confirmarse a lo largo de los dos últimos años de recuperación económica, pues, en términos de reducción del paro, no se ha conseguido más allá de una raquítica disminución, que sitúa la estimación de la tasa para 1996 en un 22,5 por 100, casi el doble de la Unión Europea que tenía una tasa del 11 por 100. Por lo tanto se puede decir, que en los últimos veinte años la tasa de desempleo española duplica a la comunitaria. En épocas de recesión el desempleo es mayor que el que estamos viendo en las cifras, mientras que en épocas de expansión la tasa de actividad tiende a aumentar poco, por lo que hay una fuerza que contrarresta el efecto positivo de la expansión.

La creación de empleo, por su lado, presenta asimismo matices propios en España. Para el decenio 1981-1990, en su conjunto, la media anual de crecimiento del empleo en España (0,8 por 100) fue una de las más elevadas entre los países comunitarios, sólo superada por la de Luxemburgo y la de Grecia. El impacto de la recesión de principios de los noventa fue especialmente negativo, siendo la tasa de disminución de empleo en 1993 (-4,3 por 100) el peor registro de toda la Unión Europea. Aunque la destrucción de puestos de trabajo siguió en 1994 (-1,2 por 100), la reactivación económica posterior se ha concretado en aumentos netos de empleo en 1995 (1,7 por 100) y 1996 (1,3 por 100). Los valores medios de la Europa comunitaria, de igual modo, se han situado en términos positivos, si bien con valores claramente muy reducidos. Sin embargo, por el lado de la demanda no estamos encontrando la solución, es verdad que se destruyo empleos pero no parece ser razón suficiente.

En los últimos treinta años la economía española no solo no ha sido capaz de aumentar en términos netos el número de empleos sino que, además, ha cerrado la última fase de recesión, 1991-1993, con un volumen de empleo ligeramente por debajo del correspondiente al de principios de la década de 1960. Entre los años 60 (1964) y mediados de los años 70 se produce un suave crecimiento de la población activa, de manera que el número de parados y la tasa de desempleo se mantienen en niveles muy reducidos. En esta época hay que señalar que hubo muchas emigraciones a Europa, entre 1.000.000 y 1.500.000, y ésta es una de las razones por la que hubo tan poco desempleo.

La situación cambia de forma significativa a partir de 1975. Entre este año y 1985 en el mercado de trabajo se combina una desaceleración en el crecimiento de la población activa con una abrupta caída en el empleo. La nueva fase alcista del ciclo económico entre 1986 y 1990 fue buena para España pero siguió manteniéndose la tasa de desempleo en torno al 22 por 100. Aunque aumento la demanda de empleo (se creó muchos empleos), el incremento de la demanda no fue suficiente para absorber el gran aumento en la oferta de la mano de obra. Esto era difícil de entender, pero lo que ocurría es que confluyen una serie de factores, como que la demanda de empleo creció mucho en relación con la expansión económica. En estos años la oferta creció muchísimo sobre todo por el boom demográfico de hacía varios años, también aumento la oferta debido al aumento de la tasa de actividad, la gente se apuntó en las listas del INEM.

Ahora bien, estas mejoras en la situación del mercado laboral no duraron mucho. Ya en 1991 se produce un cierto estancamiento en el crecimiento económico junto a una modesta creación de empleo. Es a partir de entonces cuando vuelve a abrirse la brecha entre la población activa y la ocupada. La extrema intensidad en la destrucción de empleo continuó durante los años 1992, 1993 y 1994. Aunque en el año 1994 comienza a recuperarse algo el empleo, es en ese momento cuando el paro alcanza la tasa máxima de todo el período, al situarse en el 24,2 por 100 de la población activa.



Sector público:



La aplicación de políticas presupuestarias expansivas durante el período de mayor crecimiento de la economía española hizo imposible que se redujera suficientemente el déficit de la Administraciones Públicas, manteniéndose desde 1986 hasta 1989 en torno al 3 por 100 del PIB (cuadro 5, página 534). Dicho de otra forma: tras unos años, al inicio de los ochenta, en los que los porcentajes de déficit superaron el 5 por 100 (dos décimas por encima de la media que corresponde al conjunto de los países comunitarios), no se aprovechó la oportunidad de equilibrar unos presupuestos que, ya en los primeros momentos de la desaceleración del ciclo, a partir de 1990, han visto aumentar de nuevo el desajuste entre ingresos y pagos como consecuencia, sobre todo, de la caída de los primeros. Si, en 1995, únicamente Suecia, Grecia e Italia mantenían niveles de déficit superiores al español (6,6 por 100), los esfuerzos de restricción presupuestaria llevados a cabo han supuesto que las estimaciones para 1996 situaran al déficit de España con un valor similar al de la media comunitaria (4,4) y en claro descenso.

La posición de los países europeos en cuanto a su solvencia intertemporal es bastante heterogénea. A partir del comportamiento de los saldos presupuestarios de los tres últimos decenios (es necesario tan largo período de tiempo dados los vencimientos del endeudamiento público) Bélgica, Grecia, Irlanda e Italia podrían tener problemas de sostenimiento fiscal; motivo por el cual se han puesto en práctica medidas correctoras para atajar e incluso disminuir el excesivo monto de la deuda. En el caso de España, el stock de deuda pública muestra, claramente, los efectos de los déficit acumulados a lo largo de los últimos años, si bien, con un 67,8 por 100 se encontraba en 1996 a escasa distancia de cumplir los criterios de convergencia de Maastricht.