Evolución histórica de la figura del empresario

Los conceptos de empresa y empresario son interdependientes y difícilmente se

puede hablar de uno de ellos sin hacer referencia al otro, al menos hasta bien avanzado

el s. XIX, cuando la emergencia de grandes organizaciones empresariales provoca

fuertes cambios en la figura del empresario.

El empresario se define como el órgano individual o colectivo que establece los

objetivos empresariales y toma las decisiones oportunas para alcanzarlos.

El primer tipo de empresario corresponde al comerciante propio del capitalismo

mercantilista.

La revolución industrial supone el relevo del poder económico de la figura del

mercader sedentario, que viene a ser sustituida por el industrial. Este se configura como

un sujeto de mentalidad económica, racional, calculador y capaz de planificar su actividad

empresarial sin hacer concesiones de orden humano, moral o social.

Durante la mayor parte del tiempo se ha identificado al empresario con el que tenía

la propiedad de los medios de producción (cuando la tierra era la única fuente de

generación de recursos, el agricultor era el empresario; cuando el comercio tenía

preponderancia, el empresario era el comerciante, cuando la producción a gran escala

aparece como generadora de valor, el empresario es el industrial).

Con la industrialización aumentó la escala de actividad y fue necesario grandes

capitales para financiar esta expansión. Por ello, se expandió la sociedad por acciones

donde empieza a producirse la separación entre propiedad y administración.
 
En esta época, en la que el capital está fraccionado entre un número amplio de

accionistas, se elige al empresario en función de su capacitación profesional, de sus

conocimientos en relación a la toma de decisiones y a la interpretación de las variables

económicas y de su capacidad de liderazgo y comunicación del elemento humano.